Artículo de José Luis León Saez de Ybarra. Catedrático de comunicación audiovisual y publicidad de la Universidad del País Vasco. Del libro: Persuasión pública. Universidad del País Vasco. Bilbao, 2008
El humor resulta de la combinación de dos elementos a priori incongruentes, o del contraste entre un inicio convencional y un desenlace de carácter burlesco. Formas de humor son un personaje u objeto fuera del contexto que le es habitual, una palabra unida a una imagen contraria y la mímesis burlesca, pero en persuasión, a diferencia de la comicidad de mera diversión, el humor debe tener resonancia, es decir, debe evocar un significado específico acorde con el objetivo estratégico.
Existe diferencia entre el humor simple y el sofisticado, el primero es necesario para el grueso del público, y el segundo puede dirigirse a públicos específicos, y genera sensación de sorpresa divertida e inteligente, construyéndose normalmente con un double entendre (polisemia). El humor generalista además debe ser simple y no exigente, y nunca constituir burla de las desgracias ajenas, en cuyo momento pasaría a ser humor con dosis de malignidad que la mayoría de los receptores rechazarían.
Ha incrementado extraordinariamente su presencia en la publicidad, así como ha permeado los otrora discursos serios y pomposos (como noticiarios y publicidad bancaria).
Puede tener efectos positivos, positivos y negativos, o ningún efecto. Existe incertidumbre a partir de estudios de laboratorio, dada su diversidad de operacionalización de variables (1).
El humor debe ser relativo, debe estar en relación (con el resto del discurso y con el centro argumental del discurso (el producto); si éste es el caso, la eficacia del humor es segura, conforme a Weinberger y Gulas (1992) quienes en su revisión de estudios sobre este auxiliar encontraron una rara unanimidad en los efectos positivos del humor.
Debe atenderse a que el humor compite por la captación de los argumentos sobre el objeto anunciado y por tanto puede tener efectos distractores en un sentido perjudicial a la persuasión. El buen efecto distractor del humor tiene lugar cuando su presencia interfiere la elaboración de contraargumentos (Festinger y Maccoby) pero el rol del humor parece en la actualidad tener más que ver con su valor de auxiliar que con su valor de interferencia contraargumental.
El humor opera en dos pasos sobre la persuasión, primero incide positivamente sobre la actitud hacia el anuncio, y ésta puede convertirse en actitud favorable al producto, pero estas dos conexiones no son necesariamente seguras:
HUMOR — ACTITUD HACIA EL ANUNCIO — ACTITUD HACIA EL PRODUCTO
El estado emocional del receptor determina cuán aceptable sea el humor, la expresión “no estamos para bromas” lo indica bien; esta caución sólo es previsible en la persuasión individual, pero cuando el mensaje se lanza a conjuntos de audiencias esto incluye a sujetos que varían de un día para otro en su estado de ánimo y por tanto no es posible prever dicho estado, así que ha de considerarse esta variable como neutra; por otro lado, la publicidad tiene licencia para el humor repentino y extemporáneo, porque de este modo ha sido aprendida por las audiencias en su historial de recepción mediática.
Existe un amplio porcentaje de audiencias con una exigencia mayor de contenidos humorísticos (en especial los jóvenes y varones) lo que ha sido definido como necesidad de trivialidad o escapismo basado en el humor (Cline, 1999), mientras otros sectores exigen contenidos de carácter más digno o sofisticado. Un examen de revistas y productos dirigidos a públicos juveniles muestran que el anuncio humorístico es generalizado, mientras que en revistas dirigidas a la mujer o revistas sobre temas económicos, su presencia es muy esporádica o casi inexistente.
(1) Término de argot entre investigadores que se refiere al modo de definir la variable, en este caso el humor, y de concretarla en casos-paradigma de investigación, normalmente de laboratorio con exposición forzada al mensaje.
(continuará)
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