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Intuición y Razón, ¿enemigos o colaboradores?

La mente es versátil. Posee mecanismos para poder pensar de maneras diversas. Y cada uno se apaña como puede. Pero en general lo hace sin poner atención en cómo funciona su mente. Uno está tan ocupado, tan concentrado en lo que está intentando resolver -que es lo que realmente le urge-, que no puede al mismo tiempo ocuparse de su cerebro, concentrarse en los movimientos de la mente: observar el propio pensamiento. Un desdoblamiento de este tipo es imposible, pues si uno suspende la atención en lo que está pensando para atender a cómo funciona su mente cuando piensa, en ese instante ella deja de pensar. La mente ha interrumpido su tarea y es imposible observar cómo trabaja.

Por un lado, el cerebro posee estructuras y mecanismos para pensar, que ha ido desarrollando a través de la evolución natural. Por otro lado, dispone de habilidades y astucias que proceden de la evolución cultural. Entre ambas, hemos aprendido a procesar la información que recibimos, aunque nuestra capacidad humana es limitada (16 bits/seg.). En velocidad de cálculo exhaustividad del tratamiento de datos, los ordenadores, que copiaron las características del cerebro, lo han superado de manera espectacular. Sin embargo, nosotros les ganamos en autonomía y libertad creadora; en intuición y espontaneidad; en imaginación y capacidad de sentir y emocionarnos. Que no es poca cosa. “Los ordenadores cuánticos no pensarán de verdad porque no podrán romper sus propias reglas” (J. Wagensberg, 2017). Entre las capacidades espontáneas, los humanos fabricamos rutinas del pensamiento, herramientas que cristalizan en actos reflejos que realizamos sin pensar. Y ello libera la mente para moverse en la creatividad.

¿Qué decir acerca de esas rutinas? Pues que se trata de una conducta empírica. Es el hábito o la costumbre de hacer las cosas sin pensar. Pero no hay que menospreciar la conducta rutinaria -aunque en general se vincula peyorativamente a la tradición y parece que se opone a la creatividad-, porque ella deviene una especie de técnica que ha sido bien estudiada por la micropsicología, y que resulta un mecanismo vital de nuestro cerebro. El matemático y filósofo inglés Alfred North Whitehead, escribió a propósito de las rutinas:

Un tópico tremendamente erróneo, repetido en todos los cuadernos de ejercicios y por personas eminentes en sus discursos, es el de que debemos cultivar el hábito de pensar en lo que estamos haciendo. Pues se trata precisamente de lo contrario. La civilización avanza ampliando el número de operaciones importantes que podemos realizar sin pensar en ellas. (1)

En cierta forma, pues, el acto de pensar sería una de estas rutinas. Pensamos sin darnos cuenta de cómo lo hacemos. No despreciemos pues las rutinas, los actos reflejos, porque ellos liberan nuestro pensamiento. Y justo en este punto, la mente es liberada y puede ocuparse de cómo puede hacer las cosas mejor, o cómo crear ideas nuevas.

Cuando hemos de concentrarnos en solucionar un problema o tomar una decisión se trata de organizar las ideas, combinar los datos disponibles y, en función del problema, pensar intuitiva, y también metódicamente cómo abordarlo. Es decir, la intuición sirve para descubrir, y la razón vale para esbozar un plan de trabajo que nos ayude ante la angustiante pregunta ¿por dónde empiezo? Pregunta que se hace más acuciante cuando, lápiz en mano, los ojos vagan sobre el papel sin saber qué hacer.

Metodologías
De ahí la necesidad de acudir a la metodología. Todo método es una técnica mental de ayuda. Al mismo tiempo, es un procedimiento intelectual (aspecto cognitivo, informacional, analítico, creativo) y un procedimiento operacional (aspecto pragmático, estratégico, técnico) con miras a un conocimiento y a un plan de trabajo para conseguir un resultado que ha sido previamente determinado. Y finalmente, poder tomar una buena decisión.

Etimológicamente, un método es un camino hacia un fin, una guía. Pensar no es sólo tomar una iniciativa, sino que es también escoger una vía entre muchas otras posibles, decidir y elegirla juiciosamente hasta llegar al objetivo sin extraviarse. Disponer de un método es disponer de criterios que permiten, en cada bifurcación de los laberintos del pensamiento, optar por el camino mejor, el que debe llevar más directamente al objetivo, y de él a la toma de decisión. Por supuesto que el método no es la solución, sino una herramienta que puede ayudar a introducir racionalidad en el proceso de la ideación.

La metodología postula que el mundo no es a priori ordenado, ni es perfecto espontáneamente, y que corresponde a la inteligencia humana ponerle orden y conducirlo mentalmente y efectivamente. La metodología es la ciencia que se esfuerza por descubrir, caracterizar, normativizar, clasificar y al mismo tiempo presentar los métodos que la mente utiliza para plantearse o para resolver problemas. Ello implica una técnica de empleo de estos métodos, que está construida en la adaptación de sus caracteres generales -los mismos que sirven para su clasificación- y en los caracteres generales de los problemas.

Creatividad
La metodología se presenta así como una técnica mental al servicio de la creatividad, de la estrategia y de las decisiones, lo que permite crear un espacio de explicación o exposición de los métodos, y un espacio semejante de exposición de los problemas. Y establecer una conexión operacional entre ambos espacios.

La metodología es el estudio científico del método o del conjunto de métodos que se siguen en una investigación para la resolución de problemas o para el descubrimiento y la innovación. Existen multiplicidad de métodos, desde los clásicos que se basan en ideas de demostrada eficacia en sectores de poco cambio, hasta los métodos creativos en los sectores que requieren innovación o invención (métodos heurísticos que suponen una gran capacidad de comprensión de lo nuevo), y métodos sofisticados que incluyen los cálculos matemáticos.

Existen métodos que tienen por objeto aumentar el conocimiento de una situación, de un problema, un fenómeno complejo, un proceso, etc., y dar mayor certidumbre y seguridad hacia la solución. Esos métodos facilitan:

― ampliar los datos de conocimiento, es decir, recoger las informaciones útiles o pertinentes y darles el tratamiento adecuado
― profundizar mejor lo que la intuición sugiere y descubrir cómo funcionan las relaciones entre las partes del problema
― hacer más seguro y más rico el diagnóstico y, consiguientemente, la decisión. Es decir, progresar en la buena vía hacia la solución adecuada con el menor riesgo posible.

Todos los métodos surgen del pensamiento para ayudarse a sí mismo: a comprender, a pensar, a crear, a decidir, a actuar de modo inteligente. Pero mucho más importante que dominarlos para servirse de ellos es, sin ninguna duda, saber elegir el más adecuado a cada caso planteado, y saber combinarlos, es decir, descubrir y explotar su complementariedad potencial. Hay métodos diferentes que comparten, no obstante, unos mismos principios, pero en los extremos estas diferencias se reducen y acaban especializándose. A la inversa, hay métodos semejantes pero de naturaleza diferente, que también en los extremos acaban especializándose, y en ese punto dejan de ser verdaderamente métodos cuando pierden su valor general. Saberlos combinar en función de la complejidad de cada caso es multiplicar su rendimiento.

Pero los métodos, y por tanto el pensamiento que los aplica, permanecen estrechamente condicionados, “modelados” por el lenguaje, que a su vez es almacén de conceptos imaginarios, y de modos de ensamblado -aunque solo sean modos gramaticales-. Alguien dijo: “El pensamiento no puede ser más preciso que la lengua de la que se sirve”, y Wittgenstein añadía: “El límite de mi pensamiento son los límites de mi lenguaje”.

Aún con estas dificultades, Leibniz afirmaba: “Hay una cosa más importante que los más bellos descubrimientos, es el conocimiento del método por el que éstos se hicieron”. Paul Valéry pensaba en la misma línea, y en su Introducción al Método de Leonardo, escribe: “Muchos de los errores que vician las apreciaciones hechas sobre las obras humanas, son debidas a un singular olvido en su gestión (…) y aunque demasiados pocos autores han tenido el coraje de decir cómo han conseguido construir su obra, lo que creo es que ni siquiera hay muchos que se hayan arriesgado a saberlo”.

Picasso apenas da pistas. Contrariamente a lo que hacen muchos, él sorprendía con esta aparente paradoja: “Primero encuentro, después busco”. Albert Einstein privilegiaba la imaginación: “La imaginación es más importante que la inteligencia”.

Gaston Berger pensaba lo mismo: “La virtud suprema es la imaginación, que no es en absoluto el juego deslavazado de imágenes mentales, sino esta disposición de la inteligencia que rechaza dejarse encasillar, que considera que nada es nunca completamente conseguido y que todo debe ser siempre cuestionado”.

La ya clásica encuesta llevada a cabo por Jacques Hadamard en los EE.UU. sobre los métodos de trabajo de los matemáticos, conduce a la conclusión sorprendente de que, salvo dos excepciones, los matemáticos consultados no pensaban con palabras ni con signos algebraicos. Recurrían a imágenes mentales.

Einstein lo confirmaba con su experiencia: “No creo que las palabras del lenguaje, hablado o escrito, jueguen el menor rol en el mecanismo de mi pensamiento, que se apoya en imágenes más o menos claras de tipo visual y, a veces, muscular”.

El mejor análisis de la actitud creativa y sus métodos ha sido hecho no por un psicólogo, sino por un filósofo. Gaston Bachelard, que definió la imaginación creadora como polémica, porque dice “no” a las soluciones actuales, y marginal, en el sentido que la creatividad resulta de una libertad que uno se da a sí mismo: la de “pensar al margen”. Bachelard desarrolló a partir de esta actitud la “filosofía del ¿por qué no?”.

(1) Citado en Egidi y Marengo, 2004, y transcrito por Gerd Gingerenzer en Decisiones instintivas, Ariel, Barcelona, 2008.

© Joan Costa

Joan Costa

Joan Costa es comunicador, sociólogo, metodólogo, investigador, consultor de empresa y profesor de comunicación en Barcelona, Bruselas y Méjico.

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