El ABC del DirCom: ALGORITMO

Desarrollando conceptos que conciernen en especial a la teoría y a la práctica del Director de Comunicación (DirCom) con la voluntad de difundir la singularidad que distingue al pensamiento y la figura de este perfil profesional.

Concepto: ALGORITMO

Palabra de origen árabe que seguramente nos acompañará hasta la eternidad, piensa Enric Juliana. El término deriva de Mohamed ibn Musa Al-Juarismi (780-850 d.C.). Matemático y bibliotecario del califa de Bagdad, Al-Juarismi es considerado el padre del álgebra y el principal difusor de la numeración hindú. Sus reglas para las operaciones matemáticas fueron llamadas aljuarismos.

En la era digital, un algoritmo informático es una regla operativa para el procesamiento de datos. Los algoritmos organizan la información, la filtran, la agrupan y la discriminan. Sin algoritmos no se podría buscar algo en Google. Las prioridades temáticas de Facebook son reguladas por algoritmos. Las batallas de opinión en Twitter son arbitradas por algoritmos que establecen las jerarquías (trending topic). Los servicios de inteligencia usan algoritmos para buscar agujas en el pajar de las conversaciones y mensajes masivamente controlados… El historiador israelí Yuval Noah Harari sostiene que en el siglo XXI quien controle los algoritmos controlará el mundo.

Algoritmos bioquímicos
El ordenador copia el funcionamiento de nuestro cerebro. A lo largo de las últimas décadas los biólogos han llegado a la conclusión de que el hombre que realiza sus rutinas no verbales es también un algoritmo. Los algoritmos que controlan los humanos funcionan mediante sensaciones, emociones y deseos. Veamos este fragmento de Homo Deus: “Pensemos, por ejemplo, en el siguiente problema de supervivencia: un babuino ve unos plátanos colgando de un árbol, pero también detecta cerca un león al acecho. ¿Tendría que arriesgar la vida el babuino por estos plátanos?

“Esto se reduce a un problema matemático de cálculo de posibilidades: la probabilidad de que el babuino muera de hambre si no come los plátanos, frente a la posibilidad de que el león atrape al babuino. Para resolver el problema, el babuino necesita tener en cuenta muchos datos. ¿A qué distancia estoy de los plátanos? ¿A qué distancia está el león? ¿Con qué rapidez puedo correr? ¿Con qué rapidez puede correr el león? ¿El león está despierto o dormido? ¿Parece hambriento o harto el león? ¿Cuántos plátanos hay? ¿Son grandes o pequeños? ¿Verdes o maduros? Además de estos datos externos, el babuino también ha de tener en cuenta información sobre los datos internos de su cuerpo. Si se muere de hambre, tendrá que arriesgarlo todo por esos plátanos, haya el peligro que haya. Por el contrario, si ya ha comido, y solo quiere los plátanos por glotonería, ¿por qué arriesgarse?

“El premio por haber hecho los cálculos correctos es proporcionalmente más grande. El premio es la misma supervivencia del babuino. Un babuino temeroso -cuyos algoritmos exageren los peligros- se morirá de hambre, y los genes que conformaron esos algoritmos cobardes morirán con él. Un babuino imprudente -cuyos algoritmos infravaloren los peligrosmorirá por el león (…). Estos algoritmos están sometidos a un control de calidad constante de la selección natural”.(2)

La teoría
En términos teóricos, un algoritmo es un conjunto de reglas precisas que definen un procedimiento de razonamiento sistemático con vistas a obtener un resultado determinado. Así, el enunciado de un problema y la secuencia de cuestiones planteadas para demostrar un resultado, constituyen un algoritmo.

En la programación de los ordenadores, hay (fuera del programa propiamente dicho) un subprograma (sucesión de cálculos) registrado en una parte especial de la memoria del ordenador y a la cual el programa puede apelar cada vez que debe resolverse un cálculo particular utilizando la serie de instrucciones de ese subprograma. Esta serie de instrucciones constituye un algoritmo que es, según la clásica definición de Markoff (matemático y lingüista ruso, uno de los precursores de la teoría de la información), “un conjunto de reglas precisas que definen un procedimiento de cálculo destinado a obtener un resultado determinado a partir de ciertos datos iniciales”.

Los especialistas en investigación operacional han construido algoritmos para resolver modelos. La verificación de esos algoritmos requieren ser sometidos varias veces a ensayos. Un algoritmo para resolver un problema de programación lineal es el método simplex. Éste, que es un procedimiento de cálculo, es un algoritmo entre otros, pues puede ser probado matemáticamente que, si existe una solución al problema de programación lineal, este método es el único que permite eventualmente encontrarlo. Es importante comprender que, si bien un algoritmo puede siempre ayudar a encontrar una solución -si es que ésta existe-, un algoritmo dado puede no ser tan eficaz como otro para encontrar la solución esperada. Es decir, que hay varios procedimientos diferentes (algoritmos) que pueden utilizarse para resolver un problema dado, pero una de las tareas del especialista en investigación operacional es encontrar y utilizar el algoritmo más eficaz para la obtención de una solución.

La matematización (¿y el dominio?) del mundo
Los algoritmos son fórmulas para operaciones matemáticas iterativas y combinatorias cuya base biológica está, como hemos visto, en las rutinas de la mente. Un algoritmo es un procedimiento de operaciones binarias repetitivas (0-1) en la búsqueda iterativa -que traza un itinerario con todos los pasos a seguir- y conduce a un resultado o una decisión. El “árbol de decisiones” utilizado en psicología y estrategia es, en cierto modo, una estructura algorítmica.

El gran cambio de las últimas décadas llegó con el aumento de la capacidad computacional, con los superordenadores que pueden realizar cientos de cálculos en fracciones de segundos. Los algoritmos han ganado así en complejidad y precisión. En los últimos años, la evolución tecnológica ha permitido la captación masiva de datos. En ello, los smartphones y todo tipo de dispositivos y aplicaciones monitorizan continuamente los movimientos y las acciones de los usuarios. Pero ese inmenso caudal de información no tiene ningún valor si esos datos no se pueden procesar. Y para eso están los algoritmos de ordenador.

“2016 ha sido el año del algoritmo”, sostiene el etnógrafo digital Josep M. Ganyet,: “Un algoritmo de inteligencia artificial, el MogIA, predijo la victoria de Trump -y las de las tres presidenciales anteriores con las correspondientes primarias-. A través de la victoria de Trump hemos sabido que el algoritmo de Facebook resulta que favorece la distribución de noticias falsas y que ha tenido que pasar por el taller. Es el mismo algoritmo que censuró la foto premio Pulitzer Napalm girl (la de la niña desnuda escapando del napalm a Vietnam) porque contiene un desnudo infantil.

“2016, el año en que un algoritmo de Microsoft denominado Tay que aprendía de lo que los usuarios decían por Twitter se convirtió en nazi en menos de veinticuatro horas, y el año en que el campeón de go perdía contra el Deep Mind de Google.

“Otro algoritmo, el del buscador Google, era acusado de racista porque la búsqueda ‘tres adolescentes negros’ mostraba principalmente retratos policiales mientras que ‘tres adolescentes blancos’ mostraba chicos blancos sonrientes jugando a tenis. Al final resultó que el algoritmo de Google es racista porque el conocimiento que indexa es lo que nosotros le damos a cada interacción, y si las fotos que subimos están sesgadas en un sentido u otro, los resultados de la búsqueda también.

“También hemos visto en un video que se ha hecho viral estos días cómo el algoritmo de un Tesla con modo de conducción autónomo detectaba con tres segundos de antelación la colisión de dos vehículos que circulaban unos cincuenta metros por delante en la autopista.

“Los algoritmos no son neutros. Como demuestra la censura de Facebook, el sesgo de Google o el resultado final de la Tay de Microsoft los algoritmos son fruto de la sociedad que los crea y heredan los sesgos culturales, políticos y sociales.

“En el 2016 hemos comprobado que los algoritmos, más allá de condicionar nuestras próximas vacaciones por las fotos de viajes que nos muestra Facebook en el muro, nos condicionan la vida, crean estados de opinión, cambian gobiernos e incluso salvan vidas. Nuestra vida no está solo condicionada por los algoritmos; nuestra vida depende de los algoritmos. Y el 2017 en eso también se parecerá mucho al 2016”.(2)

 

(1) YUVAL NOHA HARARI, (2016) Homo Deus, Edicions 62, Barcelona.

(2) La Vanguardia, 3 de enero 2017, pág. 46. Barcelona.

© Joan Costa

Joan Costa

Joan Costa es comunicador, sociólogo, metodólogo, investigador, consultor de empresa y profesor de comunicación en Barcelona, Bruselas y Méjico.

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