Entorno urbano y calidad de vida

Una visión crítica desde la sociología de la comunicación tiene en cuenta los indicadores de calidad, el entorno de servicios y el valor de la información.

El Diseño en su conjunto de disciplinas -urbanístico, arquitectónico, industrial y gráfico- es el principal mediador entre los individuos de una sociedad que será cada día más y más urbana, y que se constituye en nuestro entorno vital.

El cometido del Diseño consiste en hacer habitable, saludable, confortable, inteligible y agradable ese entorno. Podemos definir ese cometido como la construcción inteligente de un “paisaje urbano” -en el sentido de paisaje cotidiano artificial en armonía con el escenario natural; como paisaje de valores, paisaje de acciones, lugar de acogida, paisaje convivencial, etc.-, que se convierte en el escenario de vida y el paisaje para todos.

En estas tareas comunes, donde colaboran todas las disciplinas de Diseño, el profesional contribuye a hacer ese entorno mejor utilizable, más inteligible, transparente y humano. A él le corresponde este rol intermediario de comunicar con la gente y también entre ella y con sus entornos. Informar y orientar, pero siempre incorporando valores estéticos y culturales al entorno.
El diseño, entendido como un proyecto global, tiene su responsabilidad y su influencia en todo esto.

Sobre el telón de fondo urbanístico, arquitectónico y de los objetos que pueblan ese entorno como paisaje cotidiano de acciones, la idea de calidad de vida se asienta en dos grandes vías: por una parte, en el aspecto de los servicios, las prestaciones que la ciudad ofrece a ciudadanos y visitantes. Por otra parte, en el aspecto de la transparencia y la inteligibilidad de este entorno, que lo hace mejor utilizable, y que facilita la comunicación entre las personas y de éstas con las instituciones, las empresas y los servicios.

Pero lo que llamamos propiamente el “sistema social” es -como una “máquina viviente” y como el fluir mismo de la vida cotidiana-, su dinámica, su sentido de la movilidad, la organización de los tiempos, las interacciones entre los actores sociales y los bienes que se intercambian: los servicios, los productos y las informaciones. Es en las interrelaciones entre el entorno, los individuos y la sociedad cuando emerge en la conciencia de la gente la idea de calidad de vida.

Y lo que define en gran medida la calidad de vida y la sociedad del bienestar es la riqueza y variedad de los servicios, su accesibilidad y su fácil utilización.

 

El entorno de servicios y los indicadores de calidad

Consideremos primero este aspecto general, que está ligado a la comunicación, el diseño y la información visual. Las demandas que los ciudadanos y visitantes dirigen a su entorno de servicios se agrupan en función de lo que el medio facilita a estos individuos: el “surtido”, es decir, la variedad de sus fuentes, la cobertura de las necesidades y los deseos sentidos por ellos. Estas demandas se reagrupan en seis factores:

1. riqueza del entorno de servicios como criterio de calidad
2. estabilidad y seguridad de este entorno
3. acceso fácil a los servicios
4. información para un más fácil acceso y mejor utilización de los servicios
5. aptitudes del entorno para la realización del potencial motivacional humano individual
6. medio ambiente transparente y legibilidad del entorno.

Una ciudad es un sistema de servicios. En primer lugar tenemos las fuentes suministradoras de los servicios que nos son ofrecidos, y también de los productos optativos y de las informaciones. En segundo lugar tenemos las oportunidades que el entorno de servicios ofrece como criterio de calidad de vida. En tercer lugar está el carácter cualitativo generalizado: la calidad global (que es la suma de experiencias cualitativas sentida por los individuos). Éste sería tal vez el cuadro ideal, pero no idealista, llevado a los mayores niveles deseables.

 

Micropsicología de la vida cotidiana

La noción de calidad de vida urbana, tal como la debemos concebir en una sociedad occidental de la realización de los deseos y de la promoción social, es en principio una teoría del acceso. Esta idea de accesibilidad implica un conjunto de elementos que suponen un sistema de “costos” diversos que la Micropsicología explica en los cinco apartados de lo que llama costo generalizado:

  • En primer lugar consideremos la idea más corriente de costo financiero, el precio pagado por acceder a los servicios (objetos, educación, espectáculos, transportes, etc.)
  • Pero hay también un costo temporal debido a las idas y venidas, los embotellamientos, las filas de espera, las reclamaciones y la lentitud burocrática de las administraciones; es la suma de tiempo invertido (en sentido inverso, lentitud y demandas, tiempos de espera) hasta obtener el servicio.
  • Debe considerarse asimismo el costo energético (biológico) y el esfuerzo disipado por los individuos en los recorridos de las distancias que les separan de las fuentes de servicios, sea para solicitar, gestionar, informarse, contratar, pagar, reclamar.
  • Otro ingrediente del costo de acceso es el costo intelectual, el esfuerzo por comprender una información, a menudo confusa o mal formulada, un conjunto complejo de datos, un papeleo excesivo y burocrático, un lenguaje demasiado abstracto, un espacio mal señalizado.
  • Finalmente, el costo de riesgo, o coste psicológico de frustración cuando los servicios son deficientes o irregulares, o la ventanilla ya está cerrada, el cajero automático está fuera de servicio o el individuo se siente mal atendido en un comercio, una oficina municipal, un hotel…

En buena parte, la estabilidad y la seguridad del entorno de servicios se mide por este modelo de costo generalizado de acceso, y de su incidencia -positiva o negativa- en la experiencia de calidad de vida (medición que, como hemos dicho, es objeto de la ciencia de la micropsicología, la observación del individuo al microscopio en los entornos complejos).

Los indicadores de calidad de vida se desprenden pues, del entorno, de la diversidad y calidad de los servicios y de la organización de los mismos. No olvidemos que la nuestra es una cultura de comunicación. De la Comunicación como servicio.

 

Información, desinformación y saturación

Si lo contrario de servir es dominar, lo contrario de informar es confundir, y lo contrario de agradabilidad y transparencia es saturación y atiborramiento del entorno. La degeneración de la función de comunicar, de informar y de servir es la proliferación del desorden visual y el caos.

El incremento constante del desorden es inherente a la dinámica incontrolada de nuestro escenario de vida social. Uno de los aspectos más flagrantes de este desorden es la “polución visual”. Polución que algunos hemos denunciado en Europa como una nueva forma de degradación producida por los hombres en el hábitat que ellos mismos han creado.

Uno de los grandes axiomas de nuestra visión del mundo es aquel que afirma que “el desorden crece siempre en las cosas que los hombres crean”. Y éstos tienen que imponer una acción correctora sistemática para luchar contra la complejidad que el entorno genera. El desorden tiene también sus leyes: lo que no se regenera, degenera. Y este ensayo quisiera contribuir sino a la regeneración de nuestro espacio urbano, sí a la recuperación de las perspectivas de la ciudad, al redescubrimiento de los polos naturales, o por lo menos a concienciar a quienes tienen poder para llevar a cabo estas tareas.

Los ergónomos centroeuropeos, por ejemplo, están trabajando actualmente en una nueva ergonomía de la visión, una adaptación del entorno visual a las condiciones de la visualidad, de la percepción, de la iluminación, del alumbrado público, y en consecuencia, una ayuda al equilibrio psíquico de los individuos en un ambiente caótico de estímulos.

Nuestro escenario de la vida cotidiana es agredido, no sólo por los desperdicios materiales de una sociedad industrial consumidora, ni por el ruido, o los residuos químicos que contaminan las aguas y el aire que respiramos, sino también por la inercia burocrática, la pereza mental, el vandalismo, y también por las decisiones equivocadas de quienes tienen la responsabilidad de organizar el entorno.

En la misma medida que quien diseña el entorno condiciona los actos de los individuos y determina sus conductas, estos decisores de las administraciones públicas poseen un poder más grande incluso que el de los políticos.

 

Transparencia y legibilidad del entorno

Los estudios experimentales demuestran que, quienes deciden la organización y la apariencia de las ciudades, deben tener presente que están forzando un metabolismo acelerado de la ciudad. Este es el resultado de la desproporción entre el número o la densidad de excitaciones visuales por km. cuadrado y unidad de tiempo. Si los desplazamientos se hacen a una cierta velocidad constante, la complejidad de los estímulos aumenta con la rapidez del desplazamiento.

Un espacio es tanto más legible, y por tanto, mejor utilizable:

  • cuanto menor sea la cantidad de información, que debe concretarse sin ambigüedad en función de su utilidad;
  • cuanto más clara y precisa sea esta información; por consiguiente, cuanto menos tiempo y esfuerzo discriminatorio se exija a la visión para que la información sea correcta y cómodamente comprendida y utilizada.

 

Basura material y basura semiótica

La polución visual es uno de los aspectos menos atendido y más evidente de esta agresión a la calidad de vida, que la teoría de la comunicación llama de un modo general, “ruido” -en el sentido exacto de perturbación, molestia, interferencia no deseada que causa crispación. En nuestro caso, se trata del ruido visual que se interpone entre un entorno público que debería ser transparente, ordenado y silencioso pero generoso y atractivo, y el equilibrio psíquico de los individuos. Pero también se interpone entre las necesidades de acción de estos individuos y su fácil realización.

Este problema, que algunos han denunciado con metáforas como “polución visual” o “ruido visual” -y que R. Cieslewickz ha plasmado en una imagen memorable-, no es nuevo ni es exclusivo de nadie, sino bastante generalizado. Para hablar gráficamente lo llamaremos basura semiótica, es decir, sobrecarga de elementos inútiles pero inevitablemente significantes y redundantes; exceso de estímulos materiales innecesarios cuando no obsoletos, que ensucian y complican el entorno, y lo hacen agresivo y caótico.

La basura semiótica se sustenta sobre la basura material: objetos, residuos y cosas inútiles de viejas construcciones e instalaciones que persisten todavía en el medio urbano; que junto con su inutilidad y degradación física poseen una gran presencia, y se superponen unas a otras en este caos ambiental, donde una señal de tráfico oculta a otras, el semáforo está escondido entre postes y ramas del arbolado, la señalización vial es equívoca cuando no insuficiente, los murales publicitarios recubren con voracidad la arquitectura de los edificios, y las carteleras en los pasos de los viandantes son obstáculos que les son impuestos y que destruyen las perspectivas de la ciudad. Esto es basura material y semiótica.

¿Cómo proceder, pues, para hacer transparente y legible nuestro escenario cotidiano; facilitar los usos sociales de las ciudades cada vez más complejas y saturadas; hacer así las ciudades más agradables y atractivas para sus habitantes, visitantes y turistas; hacer los servicios accesibles a los individuos, e introducir en el entorno elementos útiles y estéticos para una mayor calidad de vida?

A partir de ahora será imprescindible abordar estos problemas desde un ángulo profesional nuevo, con la formación de grupos de trabajo transdisciplinar en los que, junto al responsable de la organización y la apariencia de las ciudades, el urbanista, el arquitecto y el paisajista, se incorpore el diseñador gráfico, el visualista, el diseñador industrial, el ergonomista, el ingeniero de nuevas tecnologías, el programador, el sociólogo y el comunicólogo. Es decir, un equipo diverso y completo que cubra todas las necesidades que el ciudadano y el visitante reclaman. Y las ciudades necesitan.

La sociedad del bienestar, que los políticos prometen y los ciudadanos anhelan, pasa necesariamente por estas consideraciones sobre los servicios, el entorno y la calidad de vida.

El “ruido visual” demasiado a menudo es “ruido infernal”, por excesivo y horrendo, y constituye una agresión no sólo a la estética del entorno, sino lo que es más grave, el equilibrio psíquico de propios y extraños.

El derecho a la ciudad es el derecho al espacio, al aire que respiramos y al disfrute del entorno, el paisaje natural limpio y el paisaje artificial ordenado, inteligible y agradable para utilizarlo y para vivirlo.

 

© Joan Costa

Joan Costa

Joan Costa es comunicador, sociólogo, metodólogo, investigador, consultor de empresa y profesor de comunicación en Barcelona, Bruselas y Méjico.

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